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De la odontología a la orfebrería: la reinvención de María Eugenia García, creadora de EG Platería

Tras 30 años como odonto-pediatra, la cordobesa María Eugenia García decidió reinventarse en plena pandemia. Así nació EG Platería, un emprendimiento de joyería minimalista. Su historia.

Cuando la pandemia cerró consultorios y vació agendas, María Eugenia García se encontró frente a una decisión inesperada. Tras treinta años de trayectoria como odonto-pediatra, el mundo tal como lo conocía quedó en pausa. “Con el COVID nadie iba al odontólogo; era el lugar más peligroso. Estuvimos prácticamente un año cerrado, casi dos”, recuerda María Eugenia en diálogo con CBA Viva. En ese silencio forzado, lejos del torno dental y de las rutinas que había sostenido por décadas, apareció una puerta que llevaba años entreabierta.

Esa puerta era la orfebrería. Durante su época de estudiante había experimentado con fundición, grabados y piezas artesanales. Y, ante la incertidumbre, volvió a mirar ese saber manual que había quedado guardado. Con su permiso profesional como habilitación de circulación, empezó a repartir productos personalizados. El interés del público fue inmediato. “Vi que realmente era un rubro muy buscado. Toda la precisión de la odontología estaba ahí, servía para esto”, cuenta.

Así nació EG Platería, primero tímidamente, luego como un refugio creativo y finalmente como un proyecto de vida. Si bien el emprendimiento había comenzado un tiempo antes de la pandemia, fue en ese período crítico cuando María Eugenia entendió que algo de ese trabajo la hacía feliz de una forma diferente. “Seguí mi corazón”, resume. A sus 50 años, tomó una decisión que muchos consideran arriesgada: dejar su profesión. “Quiero viajar más liviana. La salud en este país es complicada y mi especialidad también. Mientras ejercí me fue muy bien, pero busqué mi tranquilidad y mi pasión.”

Un oficio nuevo, una lógica familiar

La transición no fue tan abrupta como podría parecer. Según explica, los procesos técnicos de la joyería tienen mucho en común con los de la odontología: la precisión, la manipulación del metal, el pulido, el torno. “Los grabados los hacemos con las piezas de mano que usan los dentistas. Era un mundo más familiar de lo que imaginaba”, reconoce.

Ese cruce de saberes le permitió avanzar con firmeza. Empezó con productos personalizados y luego sumó piedras, cristales y piezas de reventa que intervenía para adaptarlas a su estilo. Hoy define sus creaciones como “clásicas, delicadas, minimalistas y bien chiquitas, con toques de brillo y color”. Todo lo hace sola. Solo en ventas recibe ayuda de su hija, pero el diseño, la idea y el armado pasan por sus manos.

Los desafíos del país y la curva de aprendizaje

Cuando se le pregunta por las dificultades del camino emprendedor, María Eugenia no duda: “La única dificultad es este país, que fluctúa tanto”. Los altibajos económicos, las subas constantes de insumos y el riesgo de perder margen conviven con los avances y las buenas temporadas. Pero a diferencia de la odontología, un oficio más rígido y previsible, este nuevo territorio la obligó a aprender todo el tiempo.

“Las redes me costaron porque soy de otra era”, admite. La tecnología, la inteligencia artificial, la creación de contenido: todo debió aprenderlo de cero. “Pero te impulsa. El comercio online llegó para quedarse. La gente quiere resolver todo desde las redes, y que se lo faciliten”.

Comunidad, redes y nuevos vínculos

La soledad del consultorio quedó atrás. El ecosistema emprendedor la sorprendió. “Para mí es una comunidad hermosa. Súper solidaria. Formé un montón de amistades, es una red de ayuda real”, asegura. Su participación en iniciativas como Córdoba Emprendedora fue clave: capacitaciones, acompañamiento, nuevas herramientas para profesionalizar su marca.

Del otro lado del mostrador, dice que el público también cambió. Cada vez más personas eligen a los emprendedores por la dedicación y el valor afectivo del proceso. “Hay otro amor puesto. Todo hecho con amor”, repite, pero sin romantizar: lo dice como quien reconoce un sello concreto, algo que distingue al trabajo manual del producto masivo.

Materia prima, estilo propio y una marca que crece

María Eugenia se abastece principalmente de mayoristas de Buenos Aires en lo que respecta a piedras y pedrería. Además, trabaja con una amiga que le provee piezas de acero que luego interviene para adaptarlas a su identidad estética. “Hice mi propio estilo”, resume.

Y ese estilo, hoy consolidado, es la síntesis de una vida de precisión, cuidado y trabajo minucioso. Cambió el consultorio por el taller, la bata por la mesa de trabajo y la lámpara odontológica por la lupa de joyería. Pero en el gesto de sus manos hay una continuidad: el oficio sigue siendo manual, paciente y delicado.

La historia de EG Platería no es solo la de una reconversión profesional forzada por la pandemia. Es también la de una mujer que decidió cambiar de rumbo cuando parecía tarde para hacerlo, y que encontró en ese salto la tranquilidad que buscaba. “Me hace feliz”, dice, y en ese punto todo lo demás parece acomodarse solo.

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