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De maestra jardinera a creadora de Otium: la marca cordobesa que nació del deseo de animarse

Juliana Gait tuvo una idea que tomó forma después de un viaje y se materializó junto a una amiga. Desde ese entonces, reparte su tiempo entre su profesión y un proyecto que no duda en remarcar que «la representa y la hace feliz».
Juliana Gait, creadora de Otium. Foto: CBA Viva.

Salir de la zona de confort puede sonar a frase hecha, pero definitivamente no lo es para Juliana Gait. Maestra jardinera de profesión, hace algunos años decidió transformar una inquietud que la acompañaba desde siempre en un proyecto concreto: crear su propia marca de ropa deportiva. Así nació Otium, un emprendimiento cordobés que combina pasión, diseño y una historia de perseverancia detrás de cada prenda.

“Siempre tuve el bichito de tener algo mío”, cuenta Juliana en diálogo con CBA Viva. “Con el tiempo, y con el apoyo y acompañamiento de personas que quiero mucho, me animé a largarme con este emprendimiento de ropa deportiva”, continúa. La idea tomó forma después de un viaje y se materializó junto a una amiga —también maestra jardinera—, con quien comenzó a explorar un rubro completamente nuevo para ambas.

Un cambio de rumbo impulsado por la pasión

La decisión de apostar por la indumentaria deportiva no fue casual. Además de su vocación por la docencia, Juliana es una persona activa y aficionada al running, una práctica que marcó el inicio de Otium. “Hace unos años empecé a correr como hobby. En un viaje a Brasil vi una ropa deportiva que me encantó, me la traje y ahí empecé a flashear. Sentí que quería hacer algo así, pero con mi propia impronta”, recuerda.

El nombre también tiene historia. “Otium significa ocio en latín, pero no el ocio de no hacer nada, sino el ocio creativo, de pasar un buen momento haciendo lo que te gusta”, explica. Una coincidencia terminó de sellar el sentido del proyecto: “Un día lo leí al revés en el espejo y decía muito (palabra que en portugués significa ‘mucho’). Fue una casualidad, pero me pareció una señal perfecta, dado que la idea nace en Brasil”.

De la idea a la acción

El camino como emprendedora no fue para nada sencillo. Sin conocimientos previos en el rubro textil, Juliana empezó desde cero: investigando, buscando telas, proveedores y talleres. “Nunca había cosido un botón, así que fue meterme en un mundo totalmente nuevo. Pero se me cruzaron personas que considero verdaderos ángeles, que me ayudaron sin ningún interés más que vernos crecer juntos”, recuerda emocionada.

Actualmente trabaja con talleres locales, con quienes mantiene una red de colaboración constante. “Hay gente que me salva en cada locura o cuando me ahogo en un vaso de agua. Esto se construye con mucha gente alrededor”, apunta.

Aprender haciendo

Más allá del diseño y la producción, el aprendizaje cotidiano fue clave en el crecimiento de Otium. “No tenía un peso cuando empecé. Fui cobrando el sueldo y destinando un poquito cada mes para telas o moldes. Todo fue prueba y error”, recuerda Juliana. “A veces la muestra no salía bien y había que volver a empezar. Pero de cada error fui aprendiendo. Hoy miro atrás y veo que cada paso valió la pena”, afirma orgullosa.

La práctica deportiva, precisa, también le dio una ventaja a la hora de pensar en funcionalidad y comodidad. “Ser una persona activa me ayudó muchísimo a trasladar mis propias necesidades a las prendas. Busco que la ropa tenga calidad y acompañe el movimiento”, explica.

Aunque Otium avanza y se consolida, Juliana no pierde la perspectiva. “Ser emprendedora no es nada fácil, sobre todo en un contexto tan complejo. Pero si algo aprendí es que vale la pena animarse. Si sale mal, no pasa nada, se sigue. No se termina nada”, reflexiona.

Con la misma honestidad con la que empezó, reconoce que los comienzos fueron duros y que los desafíos siguen apareciendo cada día. “No tenía un peso cuando empecé. Fue ir cobrando el sueldo y destinar una parte para telas, otra para moldes… todo muy de a poco. A veces no salía bien, había que volver a hacer la muestra, y eso significaba más gasto, más prueba y error. Pero aprendí que de eso también se trata: de equivocarse, ajustar y seguir adelante”, cuenta.

En ese recorrido, la red de apoyo fue fundamental. Desde su familia hasta los talleres con los que trabaja, todos formaron parte de un proceso que hoy se traduce en crecimiento. “Esto se construye con mucha gente alrededor. No podría haberlo hecho sola”, afirma.

Entre sus apoyos más firmes están su pareja y su hijo, quien con humor suele recordarle que Otium será su herencia. “Me dice: ‘cuando vos no estés más en este mundo, yo voy a manejar tu marca’. Ojalá, le respondo, aunque a veces me boicotea en chiste comparándome con las grandes marcas”, dice entre risas.

Y aunque el camino emprendedor está lejos de ser sencillo, Juliana lo tiene claro: “Esto me gusta, me representa y me hace feliz. Si en algún momento tengo que colgar los guantes de la docencia para dedicarme por completo a esto, estoy totalmente dispuesta. Porque si algo aprendí es que uno no se puede quedar con las ganas. Hay que intentarlo, aunque dé miedo”.

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