En muchos diálogos y entrevistas con emprendedores suele ocurrir que nos cuentan que se convirtieron en tales por circunstancias de la vida: una urgencia económica, la pandemia como punto de inflexión, un oficio que dio frutos tras muchas horas de trabajo… En fin, diversas situaciones que derivaron en el emprendimiento que hoy llevan adelante.
En el caso de Laura Ferrari, ella fue emprendedora desde niña: vendía bijouterie en la escuela para tener su propio dinero. Ese origen, sumado a su gusto por los accesorios, la llevó a crear su propia escuela de orfebrería.
Tras un proceso largo y lleno de satisfacciones, Laura gestó uno de los espacios creativos y de docencia más reconocidos de Córdoba, con sede también en Buenos Aires y, próximamente, en distintos lugares del mundo.
Laura nos abrió las puertas de Espacio Auroom, su escuela y taller de orfebrería, para contarnos su rica historia como emprendedora cordobesa. Cabe destacar que el amplio y delicado espacio, ubicado en barrio Cofico, funciona en una antigua casona que cuenta con dos aulas equipadas con herramientas y maquinaria adecuadas para que los alumnos puedan aprender el oficio desde cero. Además, tiene una habitación de residencia para viajeros que llegan a Córdoba a aprender, y también cocina y patio para celebraciones. Al lado de eso, está la oficina privada de Laura, que utiliza para crear sus joyas y dar clases exclusivas y personalizadas a clientes especiales.
“Empecé de chica: en la secundaria vendía bijouterie, macramé, alambre, piedritas, mostacillas… hasta cosas con los colores jamaiquinos que se usaban en esa época. Siempre iba puliendo mi técnica y aprendiendo cosas nuevas”, comenta Laura en diálogo con CBA Viva mientras ceba mate en el hall de Auroom.
Luego enumera los momentos clave en su aprendizaje: “Cuando entré a la Facultad de Bellas Artes conocí a una amiga cuyo tío era joyero. Ella me vio haciendo bijouterie y me dijo: ‘¿Querés que le pida que nos enseñe?’. Para mí fue un sueño, porque nunca había imaginado que la joyería se podía estudiar. Eso fue en 2007; yo estaba en primer o segundo año de la facultad”, recuerda. Y suma: “Empecé a ir al taller de su tío, que me quedaba lejísimos: dos colectivos para ir y dos para volver. Me salía carísimo, pero vendía todo lo que podía para pagármelo. Estuve un año, hasta que él se enfermó y ya no pudo enseñarnos más”.
Afortunadamente, las circunstancias no detuvieron sus ansias de aprender. “En 2010 se abrió la carrera de Joyería en la Escuela de Joyeros y fui parte de la primera promoción. En clases conocí a un profesor con taller propio, me ofrecí a ayudar y terminé trabajando con él dos años. Fue una de las mejores experiencias de mi vida. Hacíamos piezas para joyerías muy importantes, como Bristol Van Gansen. El primer día me puso a hacer un anillo de oro con brillantes y yo le dije: ‘¡Pero no sé, recién estoy en primer año!’. Y él me respondió: ‘Si lo rompés, lo hacemos de nuevo’. Esa confianza fue enorme para mí”, cuenta.
“Después de recibirme me mudé sola a un tallercito para iniciar mi propio proyecto. Me asocié con otros joyeros porque siempre me gustó trabajar en comunidad. Alquilamos un piso en la calle Colón, plena zona de joyerías, y empezamos a crecer mucho. Más tarde me separé de ellos y me asocié con otra chica; trabajaba muchísimo para revendedoras, que en ese momento estaban a full. Ese fue el primer paso fuerte hacia mi propio proyecto”.
–¿Cuándo das el primer paso hacia tu propio taller?
–Entre 2012 y 2013 empecé a crecer, y en 2014 estaba en mi mejor momento: muchísimo trabajo, empleados, proyección y producción. Las revendedoras me pedían arreglos muy simples, como cambiar un cierre o una cadenita, y a mí me llevaba demasiado tiempo. Yo quería dedicarme a cosas más complejas, así que empecé a enseñarles. Ellas ya eran amigas, hacía meses que trabajábamos juntas, y así nació la semillita de la docencia. Me encantaba: ellas solucionaban sus problemas y descubrí que enseñar me apasionaba.
–¿Decidiste abrir un taller o una escuela?
–En marzo de 2015 abrí mi escuela de joyería, pensada inicialmente para revendedoras, con clases orientadas a resolver problemas simples: soldaduras, agrandar o achicar anillos, hacer alianzas. Todos me decían: ‘Te vas a sacar el trabajo vos sola’, pero fue al revés: cada vez tenía más alumnos y más pedidos. Primero venían las revendedoras, después sus amigos, parientes, conocidos, y la escuela empezó a crecer tanto que ya no me quedaba tiempo para la producción. Me di cuenta de que eso era lo que realmente me gustaba. El aula era riquísima. Yo siempre fui de abrir el conocimiento, mostrar todo sin secretos. Y en un mundo como la joyería, que siempre fue muy celoso, especialmente con las mujeres, eso fue una diferencia.
Alianzas Únicas, una idea innovadora
Laura es la creadora de Alianzas Únicas, una innovadora propuesta dedicada a parejas que están a punto de casarse y deciden sellar su amor en un anillo creado por ellos mismos. Esta experiencia resultó ser una de las más satisfactorias para Laura, quien fue testigo y maestra de más de 200 parejas que pasaron por sus manos.
Así lo cuenta: “Unos amigos que se iban a casar me pidieron participar en el proceso de sus alianzas. Les saqué fotos y lo hicimos casi como un juego, pero me quedó rondando la idea. Mi hermano, que vivía afuera, me dijo: ‘Si tus alumnos lo pueden hacer en la primera clase, ¿por qué no una pareja?’. Y ahí se prendió la lamparita. En 2016 lanzamos Alianzas Únicas, un proyecto en el que las parejas vienen a nuestro taller y fabrican sus propios anillos en cuatro horas. Suena increíble, pero es posible porque tienen a un joyero guiando todo el proceso, paso a paso. Es como una receta: con un maestro pastelero al lado, no puede salir mal. Y los anillos quedan espectaculares”.
Y, con orgullo, destaca: “Desde entonces ya pasaron más de 200 parejas. Algunas del interior del país; otras viajaban desde el exterior para casarse en Argentina o aprovechar el viaje. Durante mucho tiempo fuimos los únicos que ofrecíamos este servicio. Después descubrimos que había experiencias parecidas en otros lugares, pero ninguna tan completa: acá las parejas hacen absolutamente todo, desde la aleación del oro 18 hasta darle forma final a sus alianzas”.
Un contexto complejo
Aun dándolo todo por Auroom, Laura (junto a su familia, con su marido y su hermana también comprometidos con el emprendimiento) intenta resolver la cuestión económica. Según cuenta, llevan varios meses con números en rojo. “Para estar aliviada deberíamos duplicar los alumnos. Siempre está la discusión de cobrar un poco más, pero intento no subir el precio. Además, si subís, a los alumnos les cuesta también”, apunta.
Y con emoción expresa: “Tengo muchas noches pensando qué hacer con todo esto. Estoy hasta transitando ese duelo de pensar: ‘Bueno, hasta acá llegué’. No quisiera cerrarlo porque es mi vida. Tengo a mi hijita y tengo a Auroom. Lo seguiré intentando”, dice. “En el último tiempo fueron muchos días de ‘una lloradita y a seguir’”.
Tras algunos cálculos en comparación de cantidad de alumnos y trabajo en Estudio Joya (su otra pata en Buenos Aires, junto a su socia Tali Wasserman), Laura comenta que bien podría ir a vivir allá por la cantidad de población de CABA y por la demanda que habría de su trabajo. “Está la posibilidad. Allá podría tener más alumnos, más trabajo. Pero mi deseo es quedarme en Córdoba”, remarca.
–¿Qué consejo le darías a un emprendedor cordobés que quiere empezar hoy, en 2025?
–Primero, valorarse desde el primer día. Lo veo mucho en mis alumnos: dicen “recién estoy arrancando, no puedo cobrar tanto”, pero eso termina afectando a toda la escena. Si vos cobrás $30.000 algo que todos cobran $90.000, estás desvalorizando el oficio. Aunque recién empieces, tu producto es igual de bueno. Quizás te lleva más tiempo, pero el resultado tiene el mismo valor. Así que eso: valorarse y vincularse con otros emprendedores. La vinculación, para mí, fue una catapulta: me permitió entender procesos más rápido y equivocarme menos. Pertenezco al ecosistema emprendedor y siempre que puedo ayudo a otros desde mi experiencia. Además, deberíamos aprovechar mucho más el ecosistema que hay en Córdoba, que no está en el resto del país. Tenemos ayudas financieras, acompañamiento, y eso te impulsa a crecer más rápido de lo que hubiera crecido sola en un cuartito. No es fácil emprender (todos lo sabemos), pero es gratificante cuando es tu proyecto y tiene tu impronta.
–¿Cuál es el diferencial de Auroom y de tu proyecto de alianzas?
–La amplitud de técnicas, conocimientos y profesores capacitados. Somos una escuela integral: vamos desde lo más técnico hasta lo más artístico, pasando por todas las etapas. Ofrecemos el conocimiento de la joyería de forma totalmente abierta, sin secretos ni tabúes. Además, tenemos instalaciones completas, todo lo que un joyero necesita para trabajar. Y, por otro lado, en lo humano, lo que más nos distingue es la calidez. Siempre decimos que somos potenciadores de personas y de proyectos, que somos un espacio amigable. Acá la gente se abre, se emociona, comparte cosas que no comparte en otros lugares. Eso nos lo dice todo el mundo: que se genera una calidez humana hermosa.
–¿Y qué es Auroom para vos?
–Auroom es mi hogar (se emociona). Es mi casa, mi lugar en el mundo. Me cuesta pensarme sin él. El proyecto creció muchísimo, y hoy mi casa es más grande, pero siempre me acuerdo de esa primera cosita, de cómo empezó. Me dio experiencias, me acercó a personas hermosas; también me alejó de otras que no eran compatibles con mi forma de vivir. Yo vivo con pasión y con ganas de compartir. Cuando pienso en Auroom, pienso en personas creciendo todo el tiempo. Me gusta imaginar la escuela como un gran puente que une personas y proyectos.