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Nunca es tarde para emprender: la emocionante historia de Adriana y su marca Lola Lola Moya

Lo que comenzó como un pasatiempo en la infancia se convirtió en su motor de vida. Adriana, creadora de Lola Lola Moya, muestra cómo reinventarse y emprender a cualquier edad.

Hay quienes dicen que los sueños no entienden de calendarios. Que las ganas de crear, reinventarse o volver a empezar no conocen de fechas de vencimiento. Adriana Moya es un ejemplo vivo de esa idea: con la pandemia como punto de inflexión, y con la misma pasión por la costura que la acompaña desde los nueve años, decidió dar un paso al frente y convertir su talento en un emprendimiento que bautizó Lola Lola Moya.

La historia de esta cordobesa emociona. Durante la entrevista, en más de una ocasión se le quebró la voz. No es para menos: su recorrido está marcado por la resiliencia, el amor a lo que hace y la decisión de transformar la adversidad en oportunidad. “Me había quedado sin trabajo en el comercio, y lo único que me sostenía era la costura, que siempre fue mi pasión. Entonces, me animé”, cuenta en diálogo con CBA Viva.

Así, entre cortinas, almohadones, macramé y crochet, nació un emprendimiento que se expandió gracias al «boca en boca» y que hoy tiene su pequeño espacio de exhibición en su propia casa.

 

Con la máquina de coser bajo el bazo

«Nací con la máquina de coser bajo el brazo», bromea Adriana, dado que su vínculo con la costura comenzó cuando apenas era una niña. “Mi hermana tenía 16 años, no quería estudiar y le compraron una máquina para que cosiera en casa. Yo la miraba y decía: ‘yo también quiero’. Pero nadie me escuchaba, hasta que me prestaron la máquina de mi mamá, de pedal. Como no llegaba, mis hermanos me la adaptaron con un motorcito eléctrico. Ahí empecé a coser y a ganar mi propia plata”, recuerda.

Ese primer contacto marcó el rumbo. A los 9 años ya se compraba su ropa con lo que producía. Con la costura aprendió el valor del esfuerzo, la independencia y la satisfacción de crear algo con sus manos.

Una vida entre hilos y telas

Su trayectoria laboral siempre estuvo atravesada por la costura, aunque no de manera exclusiva. Durante muchos años trabajó como costurera, hasta que sus empleadores le ofrecieron sumarse al comercio como vendedora. “Yo no quería, lo mío era coser. Pero acepté, y al final fueron 14 años hermosos”, cuenta.

Ese ciclo se cerró cuando los dueños decidieron bajar la persiana de un local histórico, con más de cinco décadas de trayectoria. Para Adriana, fue el momento de volver a lo que realmente la hacía feliz. La pandemia llegó para darle ese empujón definitivo: la costura, que había sido un oficio constante en su vida, se transformó en un negocio propio.

Como a cualquier persona que se lanza a emprender, a Adriana la invadieron los miedos: “Cuando empezás sola, es como si tuvieras todo en contra. Te preguntás si la plata va a alcanzar, si vas a poder con todo, si vas a tener los tiempos. Pero yo tenía algo a favor: mi pasión por la máquina. Eso me sostuvo. Puedo estar horas cosiendo sin darme cuenta”.

El entusiasmo la llevó a jornadas maratónicas: noches que se extendían hasta las tres de la mañana y mañanas que arrancaban antes del amanecer. En ese ritmo encontró la manera de sobrellevar las dudas iniciales y darle forma a su marca.

La marca propia: prolijidad como sello

En Lola Lola Moya cada pieza tiene la impronta de Adriana. Sus almohadones, platos de sitio, cestas, paneras, lámparas, bolsos o mantas no solo se destacan por el diseño, sino por un detalle al que ella le otorga enorme valor: la prolijidad.

“Para mí la prolijidad es todo. Me gusta que no se vean los hilos, que estén al tono, que todo combine. Es lo que marca la diferencia. Cuando fui al programa Córdoba Emprendedora, me preguntaron qué era lo que más me destacaba, y yo dije eso”, asegura.

Ese cuidado minucioso se traduce en productos que sus clientas reconocen a simple vista. “El orgullo más grande es ver cómo la gente se emociona con algo que yo pensé, diseñé y cosí con mis propias manos”, dice, con una sonrisa que delata la satisfacción por el camino elegido.

Adriana asegura que encuentra inspiración en sí misma. No sigue tendencias estrictas, sino que confía en su intuición y en el diálogo con las telas y materiales. “Cuando pienso en un bolso, no es sentarse y hacerlo. Primero lo imagino, lo dibujo, lo voy soñando. Después lo paso a la tela. Es un proceso largo, pero me enamoro de cada paso”, relata.

Ese enamoramiento del proceso, como ella misma lo llama, es lo que convierte cada creación en una pieza única. “De pensar los colores, la combinación, qué cierre le pongo, dónde van las tachuelas… Todo eso me apasiona. Y cuando ves cómo va quedando, se te infla el pecho”.

El costado digital es, reconoce, uno de sus desafíos. “Me cuesta muchísimo todo lo de las redes. Sé que debería publicar más, pero para mí es perder el tiempo sacar fotos. Prefiero coser. Igual vendo por redes, pero lo mío es el boca en boca”, admite.

«Yo produzco y vendo. Mi fuerte es el boca en boca: amistades, clientas, familia, gente que se va pasando el dato. En mi casa tengo un espacio chiquito donde exhibo lo que hago, y muchas veces ni llego a publicarlo porque apenas termino algo, se vende», cuenta.

El consejo a quienes dudan

A la hora de dejar un mensaje para otros que sueñan con emprender pero no se animan, Adriana es contundente: “Luchen por sus sueños. Parece una frase hecha, pero es así. Hay que animarse, aunque dé miedo. Y también hay que enamorarse del proceso. Porque cuando lo disfrutás, cada paso vale la pena”.

Sus palabras reflejan no solo la experiencia acumulada, sino también la sabiduría de alguien que sabe que los comienzos siempre cuestan, pero que el resultado puede ser transformador.

La historia de Adriana es un recordatorio de que emprender no tiene edad y su máquina de coser no es solo una herramienta: es testigo de su infancia, de sus luchas, de sus aprendizajes y, sobre todo, de su capacidad de reinventarse. Y es, a la vez, la prueba de que nunca es tarde para volver a empezar. “Soy afortunada. No todos tienen esa posibilidad. Yo hago lo que me gusta, y eso me da felicidad”, destaca.

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